Por CiudadanIA

La inteligencia artificial no es solo una herramienta más en el aula: es un terremoto que sacude los cimientos de lo que se enseña, cómo se enseña y para qué mundo se prepara a las nuevas generaciones. Frente a esta avanzada, países como el nuestro se encuentran en una disyuntiva: subirse a la ola de plataformas corporativas que estandarizan el conocimiento o construir un modelo educativo soberano donde la IA amplifique, sin reemplazar nuestra capacidad de pensar críticamente.
El pasado 24 de enero, en el marco del Día Internacional de la Educación, la UNESCO dedicó éste a la inteligencia artificial e informó que, en países de altos ingresos, más de dos tercios de los estudiantes secundarios ya utilizan herramientas generativas de IA en tareas escolares, mientras que apenas el 10% de las instituciones educativas cuentan con marcos formales para su uso. (https://surenderhastir.com/2025/01/30/ai-in-education-unescos-vision-for-2025 )
En ese sentido, cuando en su momento llegaron las primeras computadoras al aula, se creyó que la simple incorporación tecnológica modernizaría automáticamente la educación. Más tarde, con la llegada masiva de pizarras digitales y apps educativas, parecía que el futuro ya estaba acá. Pero se trataba, en definitiva, de herramientas que reproducían viejos modelos: el maestro explicaba, los alumnos memorizaban y las tecnologías simplemente decoraban un paisaje educativo que permanecía intacto en sus fundamentos.
Hoy, con la irrupción de la IA, no alcanza con sumar otra aplicación o plataforma más. Porque la inteligencia artificial, a diferencia de tecnologías anteriores, no solo complementa: interpreta, crea y decide. Plataformas como Google for Education o Microsoft Teams han penetrado aceleradamente en las aulas argentinas, empujadas por la pandemia, ofreciendo facilidad y acceso. Sin embargo, bajo la promesa de eficiencia, traen consigo una silenciosa estandarización del conocimiento y una preocupante dependencia tecnológica.
Estas plataformas no solo median entre docente y estudiante; también condicionan el contenido y determinan ritmos, criterios de evaluación y modalidades pedagógicas. Capturan datos, evalúan automáticamente y proponen contenidos estandarizados, muchas veces alejados de las particularidades culturales y socioeconómicas locales. Mientras tanto, países como India (con la plataforma estatal DIKSHA) o Noruega (con NDLA) desarrollan sistemas públicos con software libre y contenidos abiertos, donde la IA es una herramienta que amplifica el trabajo docente y no un fin en sí mismo (https://www.medianama.com/2023/12/223-education-ministry-ai-integration-diksha/ y https://es.wikipedia.org/wiki/%C3%81rea_de_Aprendizaje_Digital_Noruega )
Educación y trabajo: preparar para lo impredecible
En pocos años, trabajos que hoy parecen sólidos podrían desaparecer por la automatización. Un estudio del Foro Económico Mundial estima que el 65% de los estudiantes de primaria trabajarán en empleos que aún no existen (https://www3.weforum.org/docs/WEF_FOJ_Executive_Summary_Jobs.pdf) La IA ya escribe, administra, analiza datos e incluso selecciona candidatos laborales. No obstante, si educamos exclusivamente para el empleo inmediato y técnico, corremos el riesgo de formar generaciones obsoletas antes de tiempo
Por eso, más que enseñar habilidades técnicas aisladas, debemos formar pensamiento crítico, flexibilidad y ética. La IA no debe significar el fin de estas capacidades humanas, sino su potenciación. Debemos preguntarnos: ¿cómo enseñamos a pensar en diálogo con herramientas como ChatGPT, sin perder nuestro lugar en ese diálogo?
Alfabetizar en tiempos de IA no es solamente dominar herramientas digitales básicas, es enseñar a desconfiar sanamente de lo automático. Implica formar ciudadanos que puedan reconocer cuando una máquina redactó un texto, cuestionar los resultados que ofrece un algoritmo, entender qué datos personales están entregando al usar una aplicación y comprender con qué sesgos opera la inteligencia artificial. La educación digital ya no es solamente técnica: es ética y política. No se trata sólo de saber usar una computadora, sino de aprender a vivir críticamente en un mundo mediado por algoritmos.
La discusión sobre la IA en la educación es una discusión sobre el modelo de sociedad que queremos construir. ¿Seremos usuarios pasivos de plataformas diseñadas en otros países o protagonistas activos en la construcción de entornos educativos soberanos, abiertos y culturalmente relevantes? Experiencias como la de Finlandia o Singapur, que han incorporado IA en la formación sin perder el foco en la ética y la creatividad, muestran que otra vía es posible. Por caso, el Ministerio de Educación de Singapur (MOE) implementó el AI-in-Education Ethics Framework, basado en principios de agencia, equidad, inclusividad y seguridad, que exige mantener a los docentes al centro de la enseñanza y garantizar que las decisiones críticas sigan siendo humanas (https://www.learning.moe.edu.sg/ai-in-sls/responsible-ai/ai-in-education-ethics-framework/ )
En tiempos donde la inteligencia artificial avanza inexorablemente, el desafío es claro: no adaptar a las nuevas generaciones a una tecnología omnipresente, sino garantizar que esta tecnología esté al servicio de sociedades más justas, inclusivas y críticas. La batalla por el pensamiento crítico ya comenzó y la educación es, una vez más, su principal trinchera.