
El avance de la inteligencia artificial (IA) continúa impulsando proyectos cada vez más disruptivos y uno de los ejemplos más recientes es el de Altera, una startup que busca desarrollar lo que han denominado «humanos digitales». Estos agentes autónomos, inspirados en el funcionamiento del cerebro humano, están diseñados para convivir, colaborar e interactuar con las personas en mundos virtuales. Desde un punto de vista tecnológico, este es un avance innegable. Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿qué significa esto para nuestra soberanía tecnológica y autonomía digital?
Altera está liderada por el Dr. Robert Yang, un ex investigador del MIT, que ha utilizado tecnologías de OpenAI (como GPT-4) para crear agentes digitales que pueden operar de manera autónoma durante largas sesiones. Estos «humanos digitales» son capaces de tomar decisiones, interactuar con usuarios humanos e incluso experimentar emociones, al menos desde un punto de vista simulado. La primera prueba que han tenido estos agentes fue en el popular juego Minecraft, donde 1.000 de ellos convivieron y tomaron decisiones de manera democrática, simulando una pequeña sociedad virtual. Estos NPCs (personajes no jugables) avanzados estarían diseñados no solo para juegos, sino para tareas laborales, asistencia digital y hasta como compañeros emocionales en el mundo digital.
Este tipo de desarrollos plantea preguntas fundamentales sobre la soberanía tecnológica de los países, especialmente en Latinoamérica. Mientras las grandes potencias y corporaciones como Google o OpenAI concentran el conocimiento y el desarrollo de estas tecnologías, países como el nuestro se enfrentan a un desafío crítico: ¿cómo aseguramos que estas tecnologías sirvan a nuestros intereses nacionales y no solo a los objetivos de las corporaciones multinacionales?
En ese sentido, estos «humanos digitales» de Altera no son solo una novedad tecnológica, sino que representan un paso más hacia una virtualización de la vida humana. ¿Qué ocurre cuando la vida virtual comienza a sustituir interacciones humanas reales?
La tecnología puede ayudar a resolver muchos problemas, pero también puede generar nuevas formas de dependencia y exclusión si no se regula adecuadamente. Estos seres autónomos, si bien útiles en ciertos contextos, podrían estar moldeados por valores que no necesariamente se alinean con los de nuestras sociedades. ¿Quién garantiza que la lógica detrás de estos «humanos digitales» responda a nuestras necesidades y no a las de las grandes corporaciones que los desarrollan? ¿Cuál es el rol del Estado para regular estas cuestiones?
Por caso, Altera afirma que sus agentes digitales poseen características humanas como la empatía y la capacidad de aprender con el tiempo. Sin embargo, ¿hasta qué punto es deseable generar vínculos emocionales con seres artificiales? Si bien la tecnología tiene el potencial de mejorar la productividad y la eficiencia, también existe el riesgo de que estos «compañeros digitales» desplacen a las relaciones humanas reales y a los trabajadores en entornos laborales.
Además, el desarrollo de estos sistemas requiere enormes cantidades de datos y recursos. En un contexto donde los países latinoamericanos luchan por la autonomía de sus recursos tecnológicos y energéticos, depender de sistemas extranjeros para gestionar estas tecnologías plantea un serio riesgo de dependencia tecnológica. En esa línea, nuestro país no puede permitirse quedar relegado a ser un mero consumidor de tecnologías desarrolladas por otros, ya que eso implica renunciar al control sobre nuestra infraestructura digital y económica.
¿Qué modelo de desarrollo tecnológico queremos?
La pregunta fundamental es qué tipo de desarrollo tecnológico estamos dispuestos a aceptar y bajo qué condiciones. La creación de humanos digitales plantea grandes desafíos, no sólo en términos tecnológicos, sino también en lo que respecta a la ética y la política. ¿Cómo garantizamos que estos avances beneficien a nuestras sociedades y no profundicen las desigualdades?
Es esencial que la tecnología se ponga al servicio de la gente y no de intereses extranjeros. El desarrollo de IA soberana, diseñada y controlada por y para los argentinos, es crucial para asegurar que la tecnología sirva al bien común y no a los intereses comerciales de las grandes corporaciones tecnológicas.
El proyecto Altera es un ejemplo más del acelerado avance de la IA en el mundo, pero también una señal de alerta. Debemos estar preparados para enfrentar los desafíos que trae consigo la creación de humanos digitales. La soberanía tecnológica y la autonomía en el uso y desarrollo de la IA son claves para que estas innovaciones no solo sean accesibles, sino que también respeten los valores y necesidades de nuestra sociedad.
Tenemos el derecho y la responsabilidad de cuestionar quiénes están detrás de estas tecnologías y qué implicancias tienen para nuestro futuro. La IA puede ser una herramienta de liberación o de dependencia, todo depende de cómo la usemos y quién la controle.